“Kilómetro cero”? : sí, pero …

Autor: 
Josep Centelles i Portella
27/06/18

 

Hace mucho tiempo que se cuestiona la eficacia de la ayuda al desarrollo. El problema principal es que los países que más ayuda han recibido no han mejorado significativamente respecto del resto, y siguen experimentando los mismos problemas de mortalidad infantil, prevalencia de enfermedades, desnutrición, analfabetismo y pobreza. Economistas tan poco sospechosos de "neoliberalismo" como Stiglitz, Krugman o Deaton han argumentado que la ayuda condena los receptores a la dependencia; Chomsky considera que esta dependencia es una forma de neocolonialismo; el mismo Banco Mundial confesaba en 2000 que "a pesar de los miles de millones de dólar gastados cada año en proyectos de ayuda al desarrollo, sabemos muy poco del impacto real que han tenido sobre los pobres".

Estas críticas han dado lugar a una corriente que pretende que la ayuda podría ser eficaz si fuera objeto de una profunda reforma que lo sometiera al escrutinio científico: prestar más atención a los datos antes y después de la intervención, monitorizar los resultados y, finalmente, someter los resultados a evaluaciones frecuentes por parte de agencias diferentes de las que han canalizado la ayuda.

Mejor una buena ayuda que un mal ayuda, pero si hay algo que sabemos es que el desarrollo no depende de la magnitud o de la calidad de las ayudas que un país ha recibido, sino de la calidad de sus instituciones políticas. China ha salido del subdesarrollo a pesar de recibir muy poca ayuda y, en cambio, Haití no sale a pesar de ser un beneficiario privilegiado. Desgraciadamente, las instituciones no pueden ni importar ni improvisar: las de China son y se consideran herederas de una tradición milenaria (el Partido Comunista Chino reivindica Confucio), mientras que Haití no ha tenido nunca instituciones sólidas.

El problema de la ayuda no es sólo que no puede sustituir la inconsistencia de las instituciones públicas, sino que a menudo las debilita, y lo hace de dos maneras: primero porque los gobiernos (élites extractivas) se apropian de la ayuda y segundo, porque los hace menos responsables ante sus poblaciones, a las que se les hace creer que si no hay escuelas es porque la ayuda es insuficiente[1]. William Easterly, que es uno de los mejores expertos en la materia, ha escrito que "la evidencia sugiere que la ayuda lleva gobiernos menos democráticos y honrados, y no al contrario, [y que] el desarrollo económico no ocurre a través de la ayuda, sino a través de los esfuerzos locales de los empresarios y de los reformadores políticos y sociales”. La zambiana Dambisa Moyo es más radical, y considera que "los bienes públicos, como la educación, el agua o las carreteras, deben ser proporcionados por los gobiernos africanos, y no por la ayuda occidental", y que África subsahariana no está inmersa en un ciclo de corrupción, enfermedad, pobreza y dependencia de la ayuda externa a pesar de haber recibido enormes cantidades sino precisamente debido a haber recibido esta ayuda; su lema es "Deje de enviar ayuda a África".

Uno de los fundamentos de la ayuda al desarrollo es que las poblaciones occidentales se sienten culpables del desgobierno de los países pobres, sea por razones históricas (la colonización), sea por razones inmediatas. A menudo esta culpabilidad es alimentada por una prensa bienintencionada pero poco informada, y en este sentido recomiendo la lectura del análisis (un auténtico mea culpa) de Nicolás Valle en Hemisferia.cat sobre la minería del coltán en el Congo (25-2 -18). El problema es que el círculo es vicioso: ayudamos porque los gobiernos son corruptos y los gobiernos son más corruptos porque hay ayuda.

Si hay dudas sobre las bondades de la ayuda al desarrollo, no las hay sobre la apertura de los mercados occidentales a las importaciones de los países pobres, porque es gracias a ellas que algunos ya han salido del agujero. Que Bangladesh nos pueda vender ropa no mejora la gobernanza de ese país, pero sus posibilidades serían aún peores si no pudiera hacerlo.

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[1] Yo añadiría una tercera o variante de esta segunda: La ayuda al desarrollo incentiva a los líderes locales (honestos) a ser presidentes de ONG’s locales receptoras de la ayuda y los desincentiva a dedicarse a la política local (ser alcaldes, por ejemplo) con responsabilidad política.